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¿Quién soy yo?

Pues soy una personal normal y corriente, como tú o como cualquier otro ser humano que nos podemos cruzar por la calle. ¡Pues vaya respuesta!, pensarás… ¿No?

¿Qué quiero decir con ésto?

Pues lo que quiero decir es que como te comenté en el vídeo «¿El artista nace o se hace?» yo no nací con un don especial para la acuarela ni con ningún tipo de aptitud innata para el arte que me haya permitido llegar hasta donde estoy hoy en día, y a desarrollarme en esta maravillosa técnica. Mi camino, como el de muchos otros, ha sido recorrido a base de esfuerzo, constancia y una mentalidad positiva que me impidió dejarme vencer por la frustración cuando las cosas no salían bien. Porque es así, a veces no salen… y no pasa nada.

Vayamos al principio… ¿Cómo comencé en el mundo del arte?

Me encantaría poder relatar en este punto una historia sobre mi infancia de esas que quedan tan bien…. que desde que tengo uso de razón estoy dibujando, que siempre me recuerdo con un lápiz en la mano, que desde muy pequeñito sentía ya la vocación del arte recorriendo mis venas y llamándome, que siempre supe que quería ser artista y vivir de… y tal… y tal… Pero no. La realidad no es esa.

La realidad es que en mi caso la pasión por este mundo se despertó más bien tarde que pronto (lo que me permitiría ahora decirte que nunca es tarde para empezar y que cualquier edad es buena para coger un pincel por primera vez… pero no lo voy a hacer… al menos de momento 😉 ). Hasta hace apenas unos años yo no había tocado nada relacionado ni de lejos con el arte. Siempre me consideré un negado para el dibujo y ni se me pasó por la cabeza intentarlo con técnicas pictóricas como la acuarela, óleo, acrílico, pasteles, etc…

Recuerdo que en mi infancia sí dibujaba, como todos lo niños, pero eran dibujos infantiles, sin pretensiones… y he de decir que siempre acababan mal. O al menos lo que se podría considerar mal para un niño pequeño, claro. Un niño sin talento. Ah… cuanto daño hace al aficionado al arte esa palabra: «talento». Parece que hay que tener un algo especial, casi un carnet de socio que diga quien tiene y quien no tiene talento. A lo que iba. Según fui creciendo dejé de dibujar, como nos pasa a la mayoría de las personas.

Y así pasaron casi 40 años.

Sí, sí… 40 años. Que se dice pronto.

Hasta que un buen día, mi niña mayor que por entonces era muy pequeñita viene y me dice: «Papá… ibujame un perito para colorear». Venía ella con su papel en una mano y un lápiz en la otra para que yo le dibujase un perrito y poder colorearlo. ¿Cómo le iba a decir que no aún a sabiendas que era totalmente imposible que me saliese bien? Lo intenté, evidentemente, como habría hecho cualquier padre. ¿Y salió? Sí, salió… ¡Un sofá! ¡No un perrito! Se me quedó mirando así con cara de… «¿Pero ezto qué ez?»

Entonces me dije.. ¿Será posible que no sea yo capaz de dibujar un perrito para mi niña? Me metí en «San Youtube» y busqué algún vídeo sobre «cómo dibujar un perro fácilmente». Elegí uno que me pareció más o menos sencillo y allí que fui sin confianza ninguna a intentarlo. ¡Y salió un perrito! Más o menos bien, más o menos correcto, más o menos realista… ¡Pero era un perrito! La reacción de mi hija cuando le mostré el dibujo lo dice todo: «Zíí… un perito!»

A raíz de ahí pensé… ¿Y si no es que yo sea un negado para el dibujo sino que nunca nadie me dijo cómo se hacía? ¿Y si dibujar o pintar, como otras muchas cosas en la vida, no es cuestión de tener una capacidad innata para ello sino de saber cómo hacerlo? Quise salir de dudas y comprobarlo por mí mismo. Ese primer vídeo dio paso a otro sobre cómo dibujar un árbol y éste a un tercero sobre cómo dibujar una casa. Y fueron saliendo. Con el acabado de un principiante, total y absolutamente imperfectos, pero fueron saliendo.

Y comenzó a arraigar en mí el «gusanillo»

Algo que siempre se me dio mal, no mal… peor, comenzaba a dejar de tener secretos. Nunca pensé que yo fuese capaz de dibujar o de pintar de forma medio decente, siempre creí que era un negado para ello, algo que se me daba fatal. Y resultó que únicamente lo que tenía que hacer era aprender la forma en que se hacía. Evidentemente en aquellos primeros momentos no pensaba en que pudiese llegar a convertirse en mi profesión ni que algún día podría llegar a apasionarme en la forma en que hoy lo hace. Sólo iba paso a paso. Escarbando un poquito más cada vez. Adentrándome sin grandes ambiciones y sin un proyecto en mente en un mundo que era completamente nuevo para mí.

La curiosidad, ese gusanillo inicial, se convirtió en hobby. Los vídeos que veía y a partir de los cuales dibujaba se fueron complicando cada vez más, según avanzaba en el conocimiento de la técnica. Primero grafito, luego le siguió el carboncillo y un buen día me decidí por probar el color. De entre todas las técnicas pictóricas que utilizan el color la acuarela me pareció en su momento la más accesible. No digo ni mucho menos la más fácil, que ya sabemos que para nada es así, pero sí la más accesible. Supongo que el utilizar agua en vez de trementina o aguarrás la hacía más simple para un novato. Pensé que las pastillas serían más sencillas de utilizar que los tubos de óleo (ni tan siquiera sabía en aquella época que la acuarela también la había en tubos 😀 ). Me compré un set de acuarelas económico, un bloc de papel de acuarela de los baratos y un juego de pinceles por Amazon de esos que te traen quince pinceles por siete u ocho euros. Vamos, hice todo aquello que hoy no recomendaría yo a nadie que quiera empezar. Al igual que cuando comencé con el dibujo busqué un vídeo en Youtube para iniciarse en la acuarela y allí que fui con él.

Ahora sí que puedo tirar de frase hecha y decir aquello de que me atrapó desde la primera pincelada. Fue como algo mágico. Mojar el pincel, tomar pigmento de la pastilla, desplazar el pincel sobre el papel y ver como eses pigmento se extendía sobre el agua… Me enamoró. Algo cambió en mí aquel día. Sólo una pincelada y ya había decidido que la acuarela era para mí, que era lo mío. En años posteriores a aquel día he probado tanto el óleo, como el acrílico y los pasteles y tengo muy claro que soy acuarelista, que la acuarela es la técnica que más se ajusta a mi forma de ser, con la que mejor me encuentro, en la que mejor soy capaz de expresar mis sentimientos y la que me hace feliz.

He de decir que no todo fue un camino de rosas desde aquel día y aquella primera pincelada. Hubo momentos difíciles. Cuando las cosas no salían como yo quería caí en la frustración, como seguramente os ha pasado a vosotros o bien os pasará en algún momento. Practiqué, practiqué y volví a practicar. Comencé aprendiendo de vídeos y tutoriales gratuitos en internet, pero pronto me dí cuenta de que aquello no era suficiente, faltaba algo. Intentaba replicar el efecto que veía desarrollar al maestro en el vídeo y no salía igual evidentemente… ya hablaremos de esto, ya os explicaré el por qué. Me faltaba información, pues en acuarela no importan tanto los COMO como los POR QUÉ, y los POR QUÉ no se enseñan en vídeos de Youtube.

Decidí que había llegado el momento de dejar de caminar sólo. Tras golpearme de cabeza con una pared de ladrillo durante meses, y haber derribado varios muros en el proceso (metáfora de un aprendizaje por el camino equivocado), llegué al punto en que comprendí que nada salvo la relación directa con un maestro de acuarela me iba a hacer evolucionar al nivel al que yo quería llegar y hacerlo además a la velocidad correcta y con el aprovechamiento del tiempo apropiados. Un maestro dio paso a otro y éste a un tercero… y aún sigo con mi formación pues considero que nunca se deja de ser un aprendiz en este mundo de la acuarela. Siempre hay técnicas que aprender, estilos que explorar, efectos que descubrir. Siempre hay acuarelistas de nuevas escuelas que innovan más allá de lo que se había hecho hasta hoy. Aunque llegues a convertirte en profesional de la acuarela y en maestro de quienes ahora empieza, siempre eres y siempre serás un aprendiz de la técnica.